Tras tres semanas de trabajo ininterrumpido, conseguimos la autorización para vo lar en el país ideal para la aviación. Tan grande como California, "la gran isla roja" posee sólo algunas miles de millas de carreteras pavimentadas, con la mayoría de la población viviendo en zonas aisladas y desérticas. Se trata de una vasta extensión de tierra con más de 70 aeródromos-pistas oficiales, aparte de los muchos privados que sirven a zonas alejadas.
 

 
Durante los años anteriores he estado viajando por Madagascar a pie, a caballo, canoa, moto y todo terreno. Sobrevolarlo siempre ha sido un sueño para mí y ahora se hará realidad. Tras algunas semanas de vuelos de práctica, llegó el tiempo de despegar para la aventura.
 
   
 
Tras una cuidadosa inspección de mi avión, estoy listo para despegar. La estación meteorológica de Antananarivo (la capital) me informa de un tiempo estupendo con unas pocas nubes mañaneras (en otras palabras, está nublado por el momento). Mi vuelo me lleva al oeste, sobre una región montañosa, la tercera más grande de Madagascar. Las nubes están bajas y zigzageo cientos de pies para quedarme entre las montañas y las nubes. Las montañas bajan, el techo sube y el cielo raso es más y más abundante. No pasa mucho tiempo antes de que aparezca delante de mí el lago Itasy, con sus aguas de color azul oscuro rodeadas de conos volcánicos.
El motor mantiene bien el régimen constante y el indicador de velocidad muestra 65 millas por hora. Simultáneamente con mi progresión hacia el noroeste, el sol brilla con fuerza borrando to do resto de nubes. Me relajo, tomo una barra de chocolate y algo de agua. Debajo de mí, valles y ríos siguen la cadena de pequeñas colinas. De cuando en cuando apenas distingo humo, huellas humamas perdidas casi en esta inmensidad, pero luego atravieso una llanura verde inmensa sin huellas de que nunca ningúan humano haya puesto su pié. Quiero aterrizar aquí, donde no ha llegado ningún humano. Siento una intensa sensación de libertad y felicidad. Las montañas comienzan a diluirse a medida que me acerco a la costa. Mi altitud baja de 5.000 a 2.000 pies y sigo las lentas aguas rojas del río Betsiboka. Las aguas son rojas por el efecto de la erosión de las montañas.
 
 
 
El calor de la costa me alcanza en la cabina y me quito ropa. Enseguida, el puerto de Majunga. El aeropuerto me toma bajo su control y aterrizo tras tres horas y media de vuelo. Capital provincial, Majunga es un importante puerto situado en el estuario del río Betsibika. Como toda la costa oeste de Madagascar, la ciudad disfruta de un clima cálido, soleado y seco durante todo el año. Las tardes se pasan arriba y abajo por la calles o los paseos maritimos bordeados de palmeras. Cuando cae la noche, el paseo se llena de vendedores que cocinan a la barbacoa deliciosas brochetas. Esta tarde Heri, un amigo malegasco que trabaja para una compañía marisquera me prepara un auténtico banquete de gambas.
 
 

A la mañana siguiente me retraso en la hora de despegue y vuelo bajo sobre la línea de costa donde descubro maravillosos, pequeños, ingenios pesqueros en minicuevas. Al verme, los paisanos me saludan emocionados. Este trozo de costa sólo es accesible por mar, ni un sólo espacio donde aterrizar. El ultraligero es fantástico para descubrir nuevos lugares. De cuando en cuando los manglares ocultan totalmente las desembocaduras de los pequeños ríos que llegan a esta costa. Vuelo sobre una savana de palmeras y los bosques vírgenes que aún quedan entre cabañas y tierras aradas. Cruzando muchos estuarios, llego a Analava, la pequeña ciudad que se asienta sobre un acantilado.
 

 
La pista está completamente llena de baches y está sobre una pequeña ascensión del terreno. Lo que antes fue asfalto ahora es sólo gravilla suelta. Ahí es donde he elegido aterrizar, en una pequeña pendiente sin casi viento. Tras aterrizar hay que volver andando al pueblo, pues no hay coches. El hotel es limpio y bonito. Como pescado y gambas y me dirijo al pequeño puerto situado en el estuario. Veo una barca llena de cascos vacíos de cerveza: parece la mejor forma de llegar a este pueblo y desde luego mejor que por la vieja y polvorienta carretera. A lo lejos, contra el sol, veo dos islas: una de ellas es una prisión, la otra... no se, pero me parece que sería la isla que elegiría para jugar a Robinson Grusoe tras ponerle flotadores hinchables a mi Skyranger; .... ¡Nunca se sabe!
 

 
Al día siguiente despego hacia la cima de la pendiente con un viento de cara de 12 millas. Mi Skyranger está en el aire en escasos 300 metros. Luego me dirijo hacia el río, que se diversifica en meandros que forman un inmenso pantano de manglares. Es mágico. Siguiendo el río llego a Antsohihy; es más importante de lo que creía y tiene una pista de cemento bastante buena. La carretera es impracticable y Air Madagascar cubre regularmente la ruta hacia esta ciudad de 50.000 personas. Tras poco más de tiempo del necesario para decir hola, encaro el avión de nuevo hacia la costa.
 

 
Sigo las dunas blancas y me doy cuenta de que hay marea baja : quizá sea la hora de cumplir mi sueño de aterrizar en la playa. Hago distintos intentos para aterrizar y pronto tengo una buena audiencia de pescadores que, tan pronto como paro el motor, rodean el avión. Al final de la tarde me siento hambriento y pregunto a una mujer si puedo comer algo a la barbacoa. Me responde afirmativamente. Me traen algunos niños enfermos y buscando entre mi botiquín reparto aspirinas y antibioticos. Luego me pongo mi bañador y me sumerjo en el oceano. Es genial. El agua es transparente y cálida, no hay prisa hasta que llegue mi cena: dos peces perfectamente cocinados al grill sobre sendos trozos de madera verde a modo de platos, acompañados con salsa de puré de bananas y coco y salsa de limón. Disfruto de la cena bajo las alas del avión y mientras contemplo los colores pastel con los que se despide el día.
 

 
A la mañana siguiente, despego hacia la costa sur. Hago una pequeña parada en un campo de hierba corta en la factoría de Namakia. El campo está rodeado por bosques de caña de azucar que bordean los manglares del delta del río. Continúo hacia Soalala. Esta pequeña ciudad, construida sobre la arena al pie de una colina, está al final de una larga bahía. Puedo ver muchas balsas para piscicultura y luego una pista de hierba que no sólo parece buena sino que lo es. El pueblo está a milla y media y no hay un alma cerca. Tendré que hacer el camino hacia el pueblo bajo un sol de justicia? No he acabado mis preparativos ni fijado el avión cuando aparece un todo terreno. No hay hotel y Olivier (que así se llama el conductor) me invita a pasar la noche en su hacienda: Aquamas, una empresa francesa que se dedica a construir balsas para la piscicultura de gambas. Olivier es la segunda persona que vive aquí de forma permanente. Comemos juntos y decidimos volar 22 millas hasta Tsingy, una cadena montañosa que ha sufrido una curiosa erosión vertical.
 
Olivier, que ha viajado por todo Madagascar en moto y conoce muy bien el país, sueña con volar sobre Tsingy. Es un bosque de agujas de piedra formadas por la erosión y tan altas como estrechas. Es como una alucinación, es increíble que la naturaleza haya creado esto. Mejor no caer aquí, las agujas son impenetrables. Tsingy contiene flora y fauna que no se pueden encontrar en ningún otro lado, ni en Madagascar ni en el Mundo y muchas plantas están todavía por descubrir. Volamos sobre gigantescos fuegos que son el origen de la acelerada desertificación de la isla. Tomando provecho del conocimiento del lugar de Olivier, hacemos un par de aterrizajes en "sira sira", que significa "sal". Se trata de campos de sal usualmente secos. El primer aterrizaje es fantástico, pero cuando intento el segundo, la sal no está del todo seca y nos queda mos medio hundidos en ella. Menos mal que no es muy pro fundo y podemos sacar el avión y despegar ¡ Vaya susto! Pasamos la noche hablando de viajar por el bush y del marisco. Al día siguiente, paseo por las polvorientas calles de la ciudad. Las pequeñas mezquitas que me voy encontrando son la señal indudable del 90% de población musulmana. Soalala fue un día un puerto muy importante en el tráfico de esclavos ente Zanzibar y la costa arábica.  

 

  Vuelvo a Majunga desde donde parto para Tanarive la mañana siguiente. Dejo el delta rojo del Betsimboka y vuelo sobre Maevetanana, uno de las ciudades más tórridas de Madagascar, donde ya no se siente el frescor del mar. El vuelo es estable mientras vuelo sobre la planicie pero cuando comienzo a as cender a mediodía sobre la meseta, encuentro mis primeras corrientes ascendentes (por momentos de 26 pies por segundo). Gracias a mi experiencia con el ala delta me siento tranquilo y llego a ascender a 6.000 pies.

De acuerdo a mi plan de vuelo, estoy retrasado por el viento de cara. Oigo al radio control de Tananarive llamarme, pero mi radio portátil no puede alcanzar tanta distancia, así que no les puedo responder. Un avión de Air Madagascar me intercepta y retransmite mi mensaje a la torre. A1 día siguiente parto hacia el sur, hacia Ambalavao, donde me espera Gilles, un fotógrafo amigo mío.

 
Por el camino, paro en Ambositra, donde acaban de abrir una pista de tierra en medio de la savana. En cuanto tomo tierra comienzan a aparecer los vecinos que, al cabo de los diez minutos que necesito para volver a despegar son ya unos cientos. Pronto veo subir las nubes y en poco tiempo se van haciendo más y más densas. Continúo entre las montañas y las nubes pero a nueve millas del campo de Fiananrantsoa, comienza a chispear, así que doy media vuelta y encaro a Antsirabe, donde paso medio día con mi familia. A la mañana siguiente estoy a las 7 en el campo y me confirman que el frente ha pasado totalmente. El cielo está cubierto mientras despego, pero a la 8:50 depeja hacia el oeste y vuelo sobre las montañas de Itremo, cuyos picos se elevan hasta los 6.000 pies. No veo ni un solo poblado en toda una hora de vue lo, pero sí veo los dorados rayos del sol reflejado en las rocas. Tras dos horas de vuelo, encaro al este, hacia las montañas Andrigitra. El campo de Gilles es fácil de encontrar, está al pié de un promontorio rocoso de 2.500 pies. Rodeo la formación rocosa y aunque puedo ver un prado verde, no veo ninguna pista, pero sí una hoguera que me anuncia que tengo viento cruzado. Me aproximo y tomo en pendiente, el ruido de las ruedas amortiguado por la alta hierba. Gilles se acerca corriendo y me cuenta que no pudo prepararme el campo para no irritar al jefe del poblado ¡ Ccon ese viento cruzado la pista debía caer por encima del ce menterio! Por suerte no he "pisado" ningúan antepasado y los habitantes del poblado me reciben muy amablemente. El lugar es precioso y tranquilo: hacia el sur un bosque lleno de lemures, al oeste Tsaranoro y al este, la mejor vista del poblado, la cadena montañosa de Andringitra, el nuevo parque nacional.
 
 
 
Seis de la mañana: el cielo es azul, ideal para tomar fotos de mi Skyranger sobre las colinas de Tsaranoro, que el sol comienza a iluminar. Voy a despegar yo solo mientras Gilles se queda en tierra para hacerme fotos. El despegue es... ¡ brutal ! comienzo a rodar, luego a zig zaguear entre los termiteros y acabo por romper los pocos que aún quedaban enteros. El avión es casi imposible de controlar, los frenos no funcionan porque se han atascado con la hierba, piso pedal derecho para no tumbar y el avión por fin se detiene. Resultado: el tubo frontal se ha doblado más de 20 grados. Mierda, mierda, mierda.

Quitamos el tubo y lo calentamos en una hoguera hasta que podemos darle la forma correcta con un martillo. He aprendido una lección y no volveré a aterrizar en un campo de estas características sin preparar. Intentamos colocar el tubo: los pedales van muy duros por que la forma del tubo no es todo lo redonda que debería ser, pero no hay otra solución. Cargamos todos nuestros bultos y despegamos hacia Morondava, por encima de las montañas Makay. No sabíadamos que esto era tan bello. Los cientos de agujas verticales, separadas por profundos cañones nos dejan sin respiración, es impresionante, impenetrable.

 

 
Descendemos por las vastas planicies que llevan a la costa siguiendo un río que nos lleva a Morondava tras tres horas y 36 minutos de vuelo. Dejamos los bultos en un pequeño hotel y salimos a dar una vuelta. Cenamos brochetas de cebú con raices de casava y pimientos picantes. Al día siguiente, tras un vuelo lleno de magníficos mosaicos de color por la diferente vegetación, llegamosal Gran Tsingy. Es parecido a Soalala, pero estas formaciones se levantan durante más de 100 millas. Volamos sobre las gargantas de Manambolo antes de volver a Morondava. Cuatro horas y media de éxtasis para los ojos.
 
Por la tarde vuelvo a Tsingy con Jean-Pierre, un piloto belga con más de 13.000 horas de vuelo en más de 20 aparatos diferentes, desde ultraligeros a Boeings ( desde por razones humanitarias a razones comerciales ). Se quiere quedar a vivir aquí y está en trámites de importar un cinco plazas. Paramos en Bekopaka, la pista más cercana a Tsingy. Tiene 1.000 pies de longitud, situada sobre una corta meseta ( como si fuera un portaaviones ) y con pendiente. Jean-Pierre inspecciona el terreno para comprobar el aterrizaje con este avión. Podemos y lo hacemos, pero de nuevo por encima de termiteros que pese a ser destruidos cinco veces al día, siempre se vuelven a hacer ( ¡ Qué cabezones estos insectos ! ) Jean-Pierre me dice que lo he hecho muy bien y aunque me da algunos consejos extra, me dice que soy un piloto seguro para volar conmigo.
 
Tras un nuevo día volando al sur sobre Belo Sur Mer, con aterrizajes e las playas, sesiones de fotos y baños en el Océano, debo pensar en regresar, se me acaban las vacaciones. Estoy cansado, pero Gilles ya puede tomar el control del avión mientras duermo. Paramos un poco en Ankavandra y luego encaramos hacia el lago Itasy. Las nubes y el sol juegan al escondite y de pronto estamos casi rodeados por la lluvia pero no nos alcanza: ¡ Es sobrenatural ! Descendemos poco a poco y tomamos cegados por el sol de frente que nos oculta la visión de otro avión estrellado justo en cabecera de pista, pero que no nos impide aterrizar como si nada.

Al día siguiente llegamos a Antsirabe; unas cuantas horas de mantenimiento esperan a mi Skyranger antes de que pueda prepararme para mi gran viaje: Madagascar, Africa, Francia con mi bravo Skyranger.

 

 
Sumario de 14 días de viaje
 
44 horas y 6 minutos de vuelo; 4 aterrizajes en playas con marea baja; 2 aterrizajes en lagos de sal; 3 aterrizajes en campo ( un tubo frontal doblado ); 7 aterrizajes en pistas de hierba; 4 en pistas de asfalto; 200 galones de combustible.
 
Para apoyar a los Raids Malagasy y la aventura Madagascar-Francia, únete a la Plume Air Association, c/o M.Barbier, Résidence Molière, 22 rue Molière, 92500 Rueil Malmaison, France. Email: thierrybarbier@yahoo.fr,www.source.tm.fr/ulm2000. Cuota anual de 250 Francos ( unos 45$ ) recibirás un libro o video cassette ( ambos en francés, ¡perdón!) con los viajes de Thierry Barbier. O mejor, una vuelta en mi ULM ¡si lo puedes encontrar!
 
Para ir a Madagascar
 
Gilles Gautier ( tour operador y fotógrafo ); les Lezards de Tana, BP 5133 Antananrivo. Tel:261 20 22 35 101 Fax :261 20 352 28 Email : lezard@bow.dts.mg.
 
ULM
 
Mi Skyranger es un ultraligero con Rotax 912, con hélice DUC. Como extras, dos tanques de aluminio en las alas con 15 galones de capacidad cada uno y neumáticos todo-terreno; tras los asientos hay un espacio libre en donde llevar el equipaje.